Lo que resuena
El reloj sonó a las 6:15, marcando la misma hora de siempre, pero en un mundo distinto. El cuarto se abría como un ártico: amplio, silencioso, con la frialdad de una cama que ya no guarda cuerpos, solo pliegues intactos. Elías se incorporó despacio, como quien no quiere despertar del todo, y se quedó mirando la ventana. La luz entraba con la misma mansedumbre de otros días, pero ya no rozaba otra piel. Solo la suya, sola, como un eco de lo que fue. Lucía reía con la boca llena de malteada, esa risa suya que siempre sonaba un poco a nerviosa. Estaban sentados en un viejo local, ese que ella adoraba porque, según decía, olía a vainilla y a los veranos donde nada dolía. Las luces amarillas caían sobre la mesa como un recuerdo anticipado. Elías la miraba sin decir palabra, como si mirarla bastara para que todo en él encontrara sentido. Tenían 22 y 24 años, vivían con el alma en los bolsillos y los sueños hacinados en un departamento mínimo, pero en ese momento todo parecía suficiente. Sagr...
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