El Hombre de la Caja
Aunque este blog ha nacido con la intención de compartir reflexiones, ideas y artículos que nos ayuden a comprender mejor el mundo y a nosotros mismos, hoy abro un nuevo espacio para otra de mis grandes pasiones: la narrativa.
A partir de esta entrada, estaré compartiendo de forma ocasional cuentos, historias breves y relatos que exploran el lado más humano, simbólico y oscuro de nuestra realidad. Esta sección es un laboratorio de ideas, emociones y metáforas donde busco desarrollar mis habilidades literarias y, tal vez, conmover al lector de una manera distinta.
La intención principal del blog seguirá centrada en los artículos y el pensamiento crítico, pero si deseas leer más de mis relatos, puedes encontrarme en Inkspired, donde estaré publicando historias originales con mayor regularidad:
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Gracias por leer, por estar, y por acompañarme también en esta nueva dimensión creativa.
Ahora si, sin mas preámbulos, que disfrutes tu lectura
Las luces rojas y azules destellaban en la solitaria calle, bañando los arboles y las pocas casas con un resplandor intermitente. El silencio era espeso, como si el mismo aire contuviera la respiración. Los dos oficiales descendieron de su patrulla con cautela; el aroma de los arboles daba una sensación refrescante, sus botas resonaban sobre el pavimento húmedo, y el cuero de sus cinturones crujía con cada movimiento.
—La Rosa número veinte —murmuró el más alto, observando el número oxidado en la puerta de madera algo carcomida. Ambos asintieron antes de intercambiar una mirada tensa.
Golpearon la puerta. Una vez. Dos. Tres. Por un instante, no hubo respuesta. Pero entonces, con un leve chirrido, la puerta se entreabrió.
Un niño pequeño los observaba desde el umbral. No tendría más de cinco años. Iba descalzo, con un pijama sucio y la piel pálida como la luna. Su mirada, sin embargo, era lo más perturbador: no parecía asustado, ni confundido. Estaba... ausente.
—Hola, hijo. Recibimos una llamada de emergencia desde este domicilio —dijo el oficial de menor estatura, agachándose a su altura—. ¿Dónde están tus padres?
El niño titubeó, tragó saliva, y susurró:
—Se fueron.
—¿Te dejaron solo? —preguntó el otro, entrecerrando los ojos para mirar dentro de la vivienda.
Desde la penumbra emergía un olor rancio, a humedad, a algo más... podrido. El oficial más alto sacó su linterna y la encendió. El haz de luz atravesó como una afilada navaja el corredor y evidenció la desagradable escena. Platos sucios apilados, juguetes tirados, comida mohosa sobre una mesa de centro... La casa no parecía habitada desde hacía semanas.
—Tenemos un infante presuntamente abandonado —dijo uno de los oficiales por radio—. Vamos a ingresar para verificar.
La estítica del radio sonó con patrones inusuales, que los oficiales simplemente ignoraron.
—Está bien, pequeño. No te vamos a hacer daño —añadió su compañero—. Solo queremos ayudar.
El niño retrocedió un paso, temblando.
—No pueden ayudarlos —susurró. Y antes de que pudieran detenerlo, corrió hacia la penumbra del interior desapareciendo de la vista de los oficiales.
—Carajo… —murmuró el oficial de menor estatura mientras se erguía, frotándose la frente con la manga del uniforme quitando el sudor que comenzaba a brotar, a pesar del frío nocturno. Su respiración se volvía densa. Miró a su compañero, alzó su linterna y gritó hacia la oscuridad, dejando salir un llamado titubeante—: ¡Eh, pequeño! ¡No corras, estamos aquí para ayudarte!
Solo el eco respondió. Un eco hueco. Lejano. Como si la casa hubiera tragado las palabras.
Ambos cruzaron el umbral.
El crujido de la madera bajo sus botas fue absorbido por el silencio, y apenas pusieron pie en el pasillo, se escucharon pisadas diminutas, descalzas, corriendo por el piso de arriba, o el de abajo, la acústica era confusa poniendo aún más nerviosos a los agentes. No se veía a nadie. Ni un destello de ropa. Ni una sombra fugaz. Solo el sonido. Repentino. Inquietante.
Un escalofrío trepó por las espaldas de los oficiales. El más alto, un tipo corpulento de voz rasposa, fue el primero en hablar:
—Esto no me está gustando nada, hermano. Mejor vamos de regreso. Llamemos a la división de Servicios Infantiles. Que se encarguen ellos. Esto... esto no es normal.
—Espera —dijo el otro, mirando la casa y tratando de recordar algo no encajaba—. La llamada que recibimos era de una mujer, entre veinte y treinta. Lloraba. Gritaba que “había venido por ella”… y luego se cortó. ¿Dónde encaja ese niño en todo esto?
El oficial corpulento chasqueó la lengua, molesto.
—Bien, anda tú a buscar al niño. Yo regreso a la patrulla y levanto el reporte. Este lugar apesta a abandono. Comida podrida, platos con moho, cucarachas por todos lados... ese niño vive entre la porqueria. Alguien tiene que hacerse cargo de esto.
Asintieron sin entusiasmo y se separaron.
Pero apenas el primero de ellos giró hacia el pasillo que llevaba a la cocina, la luz de su linterna parpadeó. Una. Dos veces. Y se apagó. Lo mismo ocurrió con la del otro oficial que golpeaba su lampara mientras su silueta parpadeante desaparecía de la vista de su compañero entre las tinieblas.
Un susurro, como un aliento contenido, pareció recorrer las paredes. Y entonces, como si la casa hubiese mutado en su arquitectura, la puerta de salida detrás de ellos desapareció. Solo quedaba un muro negro, sin forma, sin límites.
—¿Dónde diablos está la puerta? —preguntó el más alto, su voz temblaba.
—Frente a ti… —dijo el otro, con un tono más bajo, encendiendo el flash de su celular.
El haz de luz cortó la oscuridad... y lo vieron.
El niño estaba allí, de pie. A solo unos centímetros. Su rostro blanco, inexpresivo, pero con los ojos completamente abiertos, fijos, perdidos en algo que no estaba ahí.
—Ellos ya no van a jugar conmigo… —susurró con una voz hueca, vacía—. Ellos se fueron con el hombre de la caja.
—¿Quién es el hombre de la caja, pequeño? —preguntó el oficial más bajo, tragando saliva.
El niño, sombrío y tembloroso, levantó un brazo delgado y señaló lentamente hacia la escalera. Su dedo temblaba como si arrastrara consigo un peso invisible.
—¿Está arriba?
El niño asintió, con un movimiento lento y descompasado, como si su propio cráneo fuera una carga insoportable.
—Sí... el hombre de la caja los tiene arriba.
El oficial más alto desenfundó su arma con decisión, apuntando hacia la escalera.
—¡Policía estatal! ¡Vamos a subir! ¡No intente nada extraño! ¡No habrá advertencia! ¿¡Me escuchó, carajo!?
El otro oficial se alineó a su lado. Ambos comenzaron a subir con pasos tensos, sus armas al frente. Pero algo cambió al pisar el primer escalón.
La oscuridad se volvió mas densa, pero a la vez... más limpia. Las paredes ya no estaban cubiertas de moho ni de polvo. La luz roja y azul de la torreta policial se filtraba por las cortinas del piso superior, proyectando sombras que se deslizaban como espectros sobre las paredes.
La segunda planta parecía distinta. Pintoresca, incluso. Como si la casa remontara a una época mejor.
Y entonces, otra vez, el niño.
Estaba allí, de pie, justo al final del pasillo. Imposible saber cómo había llegado tan rápido.
—¿Cómo llegaste aquí? —preguntó el oficial más bajo, sin aliento.
—Debo estar soñando... —murmuró el otro, sin dejar de apuntar.
El niño alzó la mirada.
Sus ojos ya no tenían iris. Eran completamente blancos, lechosos, como empapados en leche cuajada. Una sonrisa grotesca se dibujó en su rostro, delgada, amplísima, quebrando la armonía de su expresión infantil. Ambos oficiales se estremecieron al unísono, petrificados sin poder salir corriendo. Un frío gélido les trepó por la columna. Sentían los dedos temblar en el gatillo.
—Ellos... están ahí adentro.
Señaló una puerta entreabierta. Uno de los oficiales notó en el suelo marcas de uñas. Uñas reales, astilladas y rotas, clavadas en la madera, como si alguien hubiera intentado aferrarse antes de ser arrastrado hacia dentro.
Los oficiales intercambiaron una mirada. Uno de ellos pateó la puerta.
La habitación estaba vacía. Solo un viejo televisor en una esquina, parpadeando con una estática silenciosa. Un zumbido sordo llenaba el aire, como si el aparato respirara.
Ambos bajaron las armas reduciendo la tensión pero con gran confusión ante la irreal experiencia.
—¿Qué clase de broma es esta? —masculló el más alto.
Y entonces, la voz.
No venía de dentro de la habitación, sino del propio televisor. Una voz baja, rasposa, inhumana. Apenas un susurro, pero con la claridad de una cuchilla sobre cristal.
—¿Buscan algo… en específico?
Los oficiales giraron hacia la voz.
Allí estaba, retratado en la pantalla.
Una figura pálida. Un hombre… o algo parecido. Sin rostro. Solo una silueta blanca, alta, delgada, de proporciones inciertas. Tras él, como reflejados en la pantalla, dos figuras sentadas. Parecían… los padres. Inmóviles, con rostros vacíos, sosteniendo pantallas entre las manos, como si miraran eternamente un programa invisible.
Los oficiales se quedaron inmóviles. Sus músculos se tensaron. Sus ojos abiertos, fijos, incapaces de parpadear.
Hipnotizados.
El niño, de rodillas, gritaba con los ojos llenos de lágrimas.
—¡No! ¡No a ellos también! ¡No te los lleves!
El grito fue tan agudo que hizo vibrar las ventanas. Pero no hubo respuesta. Solo el zumbido del televisor, constante, sordo, envolvente.
Los oficiales no se movían.
Sus ojos estaban abiertos. Pero no veían.
Sus bocas, entreabiertas. Pero no respiraban.
Sus dedos seguían sosteniendo las armas, como estatuas congeladas en una escena que ya no les pertenecía.
El niño se arrastró hacia ellos, sollozando, y tocó sus piernas. Nada. No reaccionaban.
Giró hacia el televisor.
El hombre sin rostro lo observaba. O al menos, eso parecía. Detrás de él, en la pantalla, se multiplicaban figuras: hombres, mujeres, niños… todos con pantallas frente a sus ojos. Riendo. Llorando. Gritando. Pero nunca mirándose entre ellos. Nunca tocándose.
—¿Por qué te los llevas? —susurró el niño, quebrado.
El televisor crepitó. Y entonces, por primera vez, el hombre de la caja respondió con una voz nítida, casi suave:
—Ellos vinieron solos.
El niño se quedó en silencio.
Una lágrima se deslizó por su mejilla. Luego otra. Y otra.
La pantalla comenzó a apagarse, lentamente. La imagen se desvaneció. Solo quedó una habitación vacía. Un niño arrodillado. Y dos cuerpos de pie, petrificados, incapaces de recordar por qué estaban allí.
A lo lejos, el sonido de otra patrulla se aproximaba. Un nuevo destello azul y rojo bañó la fachada de la casa.
Y en algún rincón de esa casa sin tiempo… una voz femenina sollozaba, como un eco atrapado entre canales muertos.
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