Lo que resuena

El reloj sonó a las 6:15, marcando la misma hora de siempre, pero en un mundo distinto. El cuarto se abría como un ártico: amplio, silencioso, con la frialdad de una cama que ya no guarda cuerpos, solo pliegues intactos. Elías se incorporó despacio, como quien no quiere despertar del todo, y se quedó mirando la ventana. La luz entraba con la misma mansedumbre de otros días, pero ya no rozaba otra piel. Solo la suya, sola, como un eco de lo que fue.

Lucía reía con la boca llena de malteada, esa risa suya que siempre sonaba un poco a nerviosa. Estaban sentados en un viejo local, ese que ella adoraba porque, según decía, olía a vainilla y a los veranos donde nada dolía. Las luces amarillas caían sobre la mesa como un recuerdo anticipado.

Elías la miraba sin decir palabra, como si mirarla bastara para que todo en él encontrara sentido. Tenían 22 y 24 años, vivían con el alma en los bolsillos y los sueños hacinados en un departamento mínimo, pero en ese momento todo parecía suficiente. Sagrado, incluso.

—Un día vamos a contarle a nuestros hijos que todo comenzó con una malteada de fresa —dijo ella.

—Y con una risa tuya como fondo.

La cafetera gime con su sonido habitual, pero ahora resuena como un animal herido en una cueva vacía. Elías se mueve entre las mesas con gestos memorizados, como quien representa una escena que ya no siente. Pide dos tazas. No piensa en ello, simplemente lo hace.

Una de ellas queda frente a la silla vacía. El vapor se eleva en espirales lentas, como si buscara un rostro que ya no está. La taza se enfría poco a poco, ignorada, como un intento que no llegó a ser respuesta.

Durante el primer año de casados, dormían abrazados incluso en verano, como si temieran que el calor del mundo no fuera suficiente para mantenerlos unidos. El pequeño departamento era testigo de carcajadas, de bailes improvisados en la cocina, de mañanas sin prisa donde el amor se vertía entre tazas de café y migas de pan.

Discutían por tonterías: si el jabón iba en la esquina o al centro de la jabonera, si era mejor el café de prensa francesa o el instantáneo. Pero el enojo se desvanecía al primer roce de manos, al primer guiño compartido bajo la mesa.

Lucía tenía esa forma extraña de doblar la ropa como si estuviera cuidando heridas invisibles, y Elías la observaba desde el marco de la puerta, como quien contempla algo sagrado. Para él, cada gesto suyo era una plegaria cotidiana. Comenzó a escribirle notas: frases pequeñas, secretos, promesas. Las escondía entre las sábanas, en los libros, en la nevera. Y a veces, Lucía las respondía con dibujos o con besos inesperados.

Pero con el tiempo, las notas comenzaron a quedarse sin respuesta. Las discusiones dejaron de ser juegos. Y aunque seguían compartiendo cama, los abrazos se volvieron rutina. No hubo un día exacto en que todo cambió. Solo un murmullo constante, una grieta lenta que no se notaba hasta que era demasiado tarde.

El juicio fue rápido, casi como si alguien hubiese pulsado el botón de cerrar una etapa sin revisar el inventario. No hubo reproches teatrales ni gritos desgarradores. Solo dos personas que alguna vez fueron un hogar el uno para el otro, mirándose con la ternura resignada de quienes ya han llorado en silencio mucho antes de llegar a ese lugar.

Lucía lloró al salir. Lágrimas suaves, como si vinieran de un manantial que había aprendido a disimular su caudal. Elías no. Caminó en silencio hasta el coche, con las manos en los bolsillos y la mirada puesta en ningún sitio. Pero esa noche, al llegar a casa, abrió el congelador buscando hielo para su whisky, y encontró una vieja malteada de fresa. Había quedado del último intento. Aquel que ninguno de los dos se atrevió a nombrar como despedida.

Elías despierta un domingo y por primera vez en meses no siente la urgencia del reloj. Se queda mirando el techo largo rato. Luego se levanta, se sirve una taza de café y sale al jardín. Hay una planta que Lucía había dejado en la esquina. A pesar del abandono, floreció.

No fue una gran historia. No saldrá en libros ni en canciones. Pero hubo algo hermoso en ella: en las risas, en las peleas, en los silencios, incluso en el adiós. Porque hubo un tiempo en que existieron, y eso, en un mundo que se deshace tan rápido, ya es milagro.

Y aunque ahora Elías despierte solo, a veces cree escuchar la risa de Lucía en los pasillos. No como un fantasma. Más bien como una melodía que el tiempo no ha querido borrar.

Quizás eso sea el amor: no lo que queda, sino lo que resuena.

Comentarios