En Tránsito: Lo que el tráfico nos dice de la vida
Cada mañana comienza con un ritual tan conocido que se ha vuelto invisible. Coloco la llave en el encendido, giro la muñeca, y el motor cobra vida con un rugido domado. Afuera, el aire conserva aún la tibieza del sueño interrumpido, pero dentro del auto, el mundo comienza a acelerar. Me incorporo lentamente a la avenida principal, como quien se une a una coreografía ensayada millones de veces, donde cada auto conoce su lugar, aunque ninguno sepa realmente hacia dónde va.
En ese instante, cuando la ciudad empieza a tragarse mi tiempo, me asalta una intuición sencilla pero reveladora: en el tráfico, todos somos iguales. Miro alrededor y veo un desfile de rostros atrapados en cajas rodantes, cada una con su historia, su prisa, su música. Unos van en camionetas relucientes, otros en autos con la pintura cansada; hay quien lleva traje y quien viste uniforme, pero todos, sin excepción, estamos atascados en la misma espera o el mismo camino.La luz roja no distingue estatus ni la bocina impaciente pregunta tu salario. Ahí, en esa pausa obligada, el tráfico nos desnivela, nos revela. Somos, al final, humanos compartiendo el mismo embotellamiento del alma. Y en esa espera, hay algo misteriosamente poético, como si la ciudad nos recordara que el movimiento no es lo que nos hace avanzar, sino la forma en que aprendemos a detenernos juntos.
Prisioneros del mismo sistema
Y mientras esa igualdad se manifiesta en la superficie del asfalto compartido, uno empieza a notar cómo se desdibujan las jerarquías. Hay algo profundamente revelador en la forma en que el tráfico borra las distancias sociales. El dueño del auto de lujo está tan atascado como la joven madre en su coche pequeño, el ejecutivo escucha el mismo claxon impaciente que el estudiante, y todos, sin excepción, estamos atados al mismo reloj implacable. En esos momentos, se hace evidente que somos esclavos del tiempo, del estrés, de nuestros pensamientos. El tráfico, en su banalidad, nos desnuda: no somos otra cosa que cuerpos en movimiento, deseando llegar.
El espejo del volante
Y sin embargo, no todos conducimos igual. En este teatro rodante, hay personajes que se repiten con inquietante familiaridad, como si la ciudad los convocara cada mañana para una obra infinita.
Está el que canta a todo pulmón, con el brazo asomado por la ventana y el pecho vibrando al ritmo de una canción que solo él recuerda. Hace del auto su escenario y del semáforo, su público cautivo. Está el que habla por teléfono con medio mundo: da instrucciones, saluda, reclama, negocia. Su volante es una oficina, su mirada salta entre el espejo retrovisor y el reloj, o a veces solo rellena el vacio.
Luego está el distraído. Tiene los ojos en la carretera, pero la mente en otro lado: una deuda pendiente, una conversación inconclusa, una herida que no ha sanado. Su pie toca el freno un segundo tarde, y a veces, eso basta para dejar una marca. Está el furioso, el que se aferra al volante como si fuera un arma. Gruñe, acelera, frena de golpe. Su auto parece rugir con él, y cada adelantamiento es una declaración de guerra.
Y el competitivo, claro. Ese que no soporta que lo rebasen, que mide su valía en metros ganados. Su viaje no es trayecto, es carrera. No va a algún lado, va contra alguien, aunque no sepa quién. Y luego, está el otro. El que no canta ni grita ni corre. Solo piensa. Mira el parabrisas como quien mira el horizonte de su propia historia. Su auto es un refugio, un confesionario, un lugar donde los pensamientos flotan sin interrupciones. Conduce despacio, como si cada cuadra fuera un verso.
Cada uno, sin saberlo, revela algo de su forma de vivir. El volante no solo dirige el coche, también delata el alma.
Una elección consciente
Pensé entonces que el tráfico es una buena imagen de la vida. Todos estamos en tránsito, todos vamos hacia algún lado, todos nos detenemos, nos desesperamos, a veces nos desviamos. A veces sentimos que avanzamos solo para frenar de nuevo, y otras, simplemente no sabemos si estamos yendo hacia adelante o en círculos. Pero más allá del caos externo, está la posibilidad de una elección interna: la de decidir cómo queremos transitar por esta existencia compartida. ¿Con qué ritmo, con qué música, con qué actitud?Porque, al final, todos llevamos un volante en las manos, aunque a veces lo olvidamos. Quizá valga la pena, de vez en cuando, bajarse de uno mismo y mirarse desde afuera, reconocerse en ese arquetipo que uno encarna sin darse cuenta. Preguntarse con honestidad: ¿soy el conductor que quiero ser? ¿Estoy disfrutando el trayecto o solo corriendo hacia un destino que nunca he cuestionado?
No se trata solamente de qué camino tomar, sino de cómo transitarlo. Porque vivir no es llegar, es andar. Y en ese andar, incluso en medio del embotellamiento, hay momentos para respirar, para cambiar de estación, para bajar la velocidad o incluso para abrir la ventana y dejar que el viento nos despeine el alma.
Porque al final, aunque el tráfico nos atrape, la forma de estar en el auto sigue siendo nuestra. Y quizás, solo quizás, eso sea lo más cercano que tenemos a la libertad.
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