Entre la tinta y el silicio (Reflexiones de un navegante que aún cree en la brújula de la palabra)

No voy a sumarme al coro que proclama—con bombos y platillos—que “la IA está cambiando el mundo”.

El óleo de esa pintura ya saturó el lienzo que parece no tardará en romperse. Hoy quiero hablar de otra cosa: del pulso entre cantidad y calidad, de cómo los márgenes de error, cuando los acaricia el oficio, se convierten en músculo identitario del escritor vs. Como la máquina se empeña en colmar el vacío del tiempo con un legado artificial, empujando a la mente humana a la única labor que le es antinatural: dejar de pensar. 

1. Cuando las voces se vuelven eco

Hace unos días abrí LinkedIn en busca de inspiración. Vi sonrisas plastificadas, frases clonadas, aplausos automáticos. De pronto apareció un líder al que admiro… pero algo no cuadraba. Reconocí su foto, no su voz. Aquella publicación—perfecta en forma—olía a lo que llamo post-for-likes, un texto confeccionado para seducir al algoritmo, no para nutrir al lector. Sentí un vacío: pues había visto ya tantas veces la misma pieza, interpretada por otros rostros, sin diferencias, con la misma presunta originalidad. Detrás de esa elocuencia se escuchaba el zumbido frío de un generador automático.

2. El alud en cifras

No es paranoia, permiteme hablar cuantitativamente. Una auditoría de Originality.ai rastreó 8 795 entradas largas en la red profesional y concluyó que el 54 % fue escrito, al menos en parte, por IA.

1 254 sitios “noticiosos” operan hoy con poca o nula supervisión humana, según NewsGuard.

76 % de los marketers emplean IA para generar copys; la mayoría confiesa que su motivo principal es publicar más rápido. Salesforce

Plataformas como LinkedIn incorporan redactores automáticos en su plan premium, allanando el camino para que “pensadores” de cartón-piedra llenen nuestros feeds.

El resultado es una economía de palabras sin latido: bots que escriben para bots mientras los humanos miramos sin pensar desde la orilla, pues incluso el algoritmo nutrido por la IA ya ha seleccionado lo que tienes que leer, no te has molestado ni siquiera en ello.

3. La paradoja productiva

Sí, la IA libera tiempo; también multiplica la presión por llenarlo. Cuando el métrico reina, la pausa se castiga y la reflexión queda soterrada. Publicamos con la ligereza de un clic, pero perdemos aquello que hacía a cada pensamiento único, pues tratando de enmarcar la misma perspectiva cada cual tenia una energía particular: la vacilación, la coma que duda, la metáfora que se resiste a nacer. Honestamente  considero que escribir no es una tarea fácil, al igual que cualquier arte, este requiere de su tiempo para aprender y mejorar, es por ello que el valle de la fertilidad artificial pareciera una práctica más rentable ¿Para qué molestarme en estructurar un texto si la IA podrá hacerlo por mi? 

4. El arte de tropezar con gracia

Incluso la corrección más obsesiva —rozando el dogma— deja grietas por donde se cuela el fallo. Y es justo ahí, en el tropiezo, donde el pensamiento humano levanta algo vivo sobre el andamiaje artificial: una coma que vacila, una frase que cojea, se vuelven la firma irrepetible del autor. Ese rasguño mínimo demuestra la mano que escribe y convierte la imperfección en arte.

Creo que los artistas poseen talento para convertir lo cotidiano en algo majestuoso, pero el talento, para mí no es algo nato, mas bien es la pincelada que se afina con cada intento; cada cicatriz traza la cartografía de un aprendizaje auténtico. Una máquina puede hilar corrección impecable; sólo nosotros podemos torcer el lenguaje hasta que confiese algo verdadero.

5. Confesiones de un usuario empedernido de IA

No me declaro purista: converso con modelos todos los días. Me ayudan a desbrozar ideas, a contrastar proyectos, a cavar túneles en bibliotecas digitales. Pero cuando llega el turno del último párrafo, cierro la pestaña. Apago la máquina y encienda la pasión, dejo que mis huellas dactilares se paseen por el teclado para crear la sinfonía del escritor, me embriago con las letras que dejan a su paso hasta que la última gota de sudor recorre mi frente susurrando "está concluido" y entonces me digo a mi mismo. Si la frase podría haberla escrito cualquiera, la destruyo y empiezo de nuevo. Quiero que la página huela a mi firma, no a fábrica.

6. Pregunta final

¿Premiarás la voz que late —aunque llegue más despacio—

o dejarás que un algoritmo decida qué leerás mañana?

Naveguemos juntos este mar de tinta y silicio. Te leo.

Comentarios

  1. Estoy totalmente de acuerdo con tu artículo. Es una pena que hoy en día el uso de la IA sea tan necesario en nuestra manera de vivir y tomar decisiones. Me aterra pero no puedo negar que he sido parte de la ola, quisiera aprender un modo en que pueda controlar de forma más eficientemente esta herramienta llamada Inteligencia Artificial

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  2. Gracias Dafne, definitivamente aprender a utilizar la IA de manera eficiente marcará la diferencia entre simplemente producir contenido y crear trabajos con verdadero valor y calidad. Esta revolución tecnológica nos ofrece oportunidades para optimizar nuestro esfuerzo, pero jamás debemos dejar de imprimirle nuestra pasión y toque humano a lo que hacemos, incluso cuando recurrimos a la inteligencia artificial. Al final, es nuestra esencia la que transforma una simple producción automática en algo único y memorable.

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