Miedo
Vaya, ha pasado un tiempo, ¿verdad? Un tiempo desde la última vez que me senté frente a este ordenador, intentando desatar la marea de ideas que parecían infinitas, pero que ahora se escurren entre los dedos como la arena de un desierto que jamás deja de expandirse. Este blog, antes un refugio de reflexiones cuidadosamente pulidas, se ha convertido en un eco vacío de lo que alguna vez fue mi voz. Cada palabra, cada idea, solían brotar con naturalidad, como el flujo de un río que simplemente sabía su camino. Y ahora... ahora me pregunto si alguna vez supe hacia dónde me dirigía.
No voy a mentir. Al principio, este espacio fue un campo de batalla contra mis propios pensamientos, un lugar donde podía desvestir mis inseguridades y desparramarlas en la pantalla, esperando que, al compartirlas, se disiparan como el humo. Pero, ¿a quién le importa? ¿Quién se molestaría en leer los desvaríos de un psicólogo frustrado y de un escritor que apenas puede hilar dos ideas sin ahogarse en la desesperación de no ser entendido? Esa pregunta, ese venenoso cuestionamiento, comenzó a golpearme con la fuerza de una tormenta que sacude una casa vieja, haciendo crujir cada viga, temblar cada ventana. “¿A quién le importa tu opinión?” retumbaba en mi cabeza, no con la claridad de una pregunta, sino con el peso de una condena.
Pasaron los días, semanas tal vez, no me importa contar, y cada uno de ellos fue un ladrillo más en el muro que construí entre este blog y yo. Hasta que, por accidente o destino, me topé con algo que otros han llamado "el síndrome del impostor". Qué nombre tan aséptico para algo que te corroe por dentro como la herrumbre en un metal que alguna vez fue brillante. Es un miedo, un temor tan profundo que se entrelaza con cada fibra de tu ser, impidiéndote reconocer aquello que sabes que eres, lo que podrías ser, si tan solo dejaras de escuchar esa maldita voz interna.
Hoy, vuelvo a este blog no como el escritor que alguna vez pretendí ser, sino como un hombre que se enfrenta a su propio miedo, al pavor de no ser suficiente, de ser un impostor en la propia vida. Y con esa confesión en el aire, te invito a unirte a mí en este viaje, una vez mas.
El síndrome del impostor... Es curioso cómo una simple etiqueta puede encapsular un huracán de inseguridades. Es una de esas cosas que, una vez que las descubres, te das cuenta de que han estado ahí desde siempre, agazapadas en la sombra, esperando el momento preciso para abalanzarse. Te atrapa en un juego perverso, donde el juez y el acusado son uno mismo. No importa cuánto hayas logrado, no importa cuántos títulos cuelguen de tus paredes o cuántos aplausos hayas recibido; en el fondo, una parte de ti sigue creyendo que no eres más que un fraude, un actor torpe en un escenario que, en cualquier momento, se derrumbará bajo tus pies.
El síndrome del impostor es un reflejo distorsionado, una imagen que muestra todos tus defectos con una precisión cruel, mientras oculta tus logros detrás de una niebla espesa. Es esa voz que susurra en los momentos más inoportunos, cuando estás a punto de alcanzar algo grande, cuando por fin crees que has encontrado tu camino. “¿Quién eres tú para merecer esto?” te pregunta, con la familiaridad de un viejo enemigo que conoce todos tus puntos débiles.
Y lo peor es que todos, en algún momento, caemos en esa trampa. No importa quién seas o qué tan lejos hayas llegado, el síndrome del impostor no discrimina. Puede acechar al más grande de los genios, al más seguro de los líderes, y sí, también al más común de los mortales. Nos atrapa en su red y nos obliga a dudar, a cuestionar cada paso, a pensar que, de alguna manera, hemos llegado hasta aquí por error, que somos un accidente esperando ser descubierto.
Pero aquí está la ironía, la cruel broma del destino: esa sensación de no ser suficiente, de no estar a la altura, es en realidad una señal de que estás creciendo, de que te estás aventurando más allá de los límites que te habías impuesto. Es una prueba de que te importa, de que te importas. Si no te sintieras inseguro, si no tuvieras miedo, significaría que no estás empujando esos límites, que te has conformado con menos de lo que realmente puedes ser.
La trampa está en quedarse atrapado ahí, en permitir que ese temor te paralice. Porque el síndrome del impostor solo tiene poder si se lo permites. Es un enemigo que se alimenta de la inacción, que crece en el silencio de tus dudas. Pero si decides enfrentarlo, si sigues adelante a pesar de sus susurros venenosos, empiezas a descubrir una verdad más profunda: no eres un impostor. Eres un ser humano, con todas tus contradicciones, con todas tus inseguridades, pero también con todo tu potencial.
Todos caemos en esa trampa, en esa oscura tentación de pensar que no somos lo suficientemente buenos. Y está bien. Lo importante es recordar que no estamos solos en esto. Que esa lucha interna, ese temor constante, es compartido por muchos, incluso por aquellos a quienes admiramos. Lo que define quiénes somos no es la ausencia de miedo, sino la capacidad de seguir adelante a pesar de él.
Porque al final, la verdadera impostura sería dejar de intentarlo, rendirse ante esa voz que te dice que no puedes. Y yo, al menos, prefiero seguir escribiendo, seguir luchando, seguir viviendo, incluso si en el proceso descubro que no soy más que un impostor tratando de encontrar su lugar en el mundo. Pero tal vez, solo tal vez, eso es lo que todos somos, y eso no está mal. No si seguimos intentándolo, una y otra vez.
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Carl Rogers, Psicólogo estadounidense |
Para finalizar, quisiera compartirte que Rogers nos enseñó a vernos a nosotros mismos con una mirada más compasiva, a aceptar nuestras imperfecciones como parte intrínseca de lo que somos. En su enfoque, la clave está en la autoaceptación y en la autenticidad. No se trata de ser perfecto, sino de ser genuino, de abrazar tanto nuestras fortalezas como nuestras debilidades, y entender que el valor de nuestra existencia no depende de cumplir con expectativas ajenas o propias, sino de ser fieles a nuestra verdadera esencia.
El primer paso para hacerle frente al síndrome del impostor, entonces, es reconocerlo. Nombrarlo. Y luego, en lugar de luchar contra él, aprender a coexistir con esa voz interna. Rogers nos invita a aceptar que es normal sentir dudas y temores, pero también nos recuerda que somos más que esas dudas. Al cultivar una actitud de empatía hacia nosotros mismos, empezamos a vernos con más claridad, sin los filtros de la autoexigencia desmedida.
Es en esa aceptación genuina donde encontramos la fuerza para seguir adelante, para reconocer que, aunque podamos sentirnos impostores de vez en cuando, no necesitamos ser perfectos para ser dignos. Somos seres en constante crecimiento, en proceso de convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos. Y ese, al final del día, es el único camino verdadero hacia la realización personal.
Así que, si alguna vez te sientes atrapado por esa oscura sensación de impostura, recuerda que, como diría Rogers, el verdadero valor radica en la autenticidad, en el coraje de ser tú mismo, con todo lo que eso implica. Y eso, querido lector, es suficiente.
Al iniciar la lectura sentí pesar pero conforme avanzaba en la lectura me dieron ganas de seguir luchando por ese sueño que sentía que se alejaba pero que ahora se que lo lograré. No estoy sola.
ResponderEliminarMe alegra que esta lectura te haya inspirado, no dejes de luchar.
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